Fueron los inicios de Salvatore Schillaci humildes, muy humildes: nacido el 1 de diciembre de 1964 en uno de los barrios más marginales de Palermo, Sicilia, antes de llegar al fútbol profesional y siendo casi un niño, tuvo diferentes oficios porque la situación económica de su familia así lo requería. Solía decir que, en su entorno, era muy fácil coger el camino equivocado y caer en la criminalidad; y el fútbol, al cual empezó jugando en las calles, como tantos otros cracks, constituyó siempre su vía de escape.
Rechazado, cosas de la vida, por el equipo principal de su ciudad natal por ser “demasiado pequeño”, hubo de empezar a cumplir su sueño de ser futbolista en el AMAT Palermo, un equipo aficionado de la ciudad, perteneciente a los trabajadores del transporte. Marcaría una cantidad de goles tan notable en ligas juveniles y regionales, que el Messina apostó fuerte por él y le permitió dar el salto al fútbol profesional. Jugó allí siete temporadas, anotando 68 goles, hasta que la Juventus se fijó en él, pagando el equivalente a 3 millones de euros en el verano de 1989.
Los números demuestran que, en el fútbol profesional, nunca fue un panzer, nunca fue un matador, nunca fue lo que podemos considerar un goleador puro: 37 goles en 120 partidos y 5 temporadas al máximo nivel en Italia (del 89 al 92 en la Juventus y del 92 al 94 en el Inter de Milán) fueron su discreto balance. Pero su desempeño en la temporada 1989/90 cambiaría su vida deportiva: sus 15 goles, récord absoluto de su carrera en la élite en Italia, provocaron que el entonces seleccionador italiano, Azeglio Vicini, le convocase para el Mundial que iba a disputarse ese mismo verano en su país, como suplente, eso sí.

La delantera titular de Vicini para ese Mundial estaba compuesta por Gianluca Vialli y Andrea Carnevale y, de hecho, así formaron en el primer partido de los italianos frente a Austria. Pero, en un mágico giro del destino, ‘Totó’ entró en el minuto 75 de ese partido, cuando el marcador señalaba un inquietante empate a 0, para sellar, apenas 4 minutos después el gol de la victoria italiana; a partir de ahí, ya no se bajó nunca de la titularidad durante ese Mundial. Otro gol frente a Checoslovaquia en el tercer partido de la primera fase y goles consecutivos en octavos de final (frente a Uruguay), cuartos (frente a Irlanda), semifinales (frente a Argentina) y el partido por el tercer y cuarto puesto (frente a Inglaterra) contribuyeron a forjar una leyenda, a poner de manifiesto el triunfo del perfecto ejemplo de un chico humilde, de un chico de barrio.
Fue el máximo exponente de lo que se dieron en llamar en Italia ‘las noches mágicas’, las noches eternas de un país entero volcado con su equipo nacional para conseguir el sueño de la cuarta estrella, un sueño que se rompería en los penaltis de aquella dramática semifinal frente a la Argentina de Maradona; dentro de que todos países organizadores con un cierto nivel persiguen con obsesión ser campeones del mucho como locales, la unión y excitación de toda Italia con ese objetivo alcanzó, si ello es posible, un punto mayor y la eliminación de la gran final fue una de las mayores decepciones como nación que ha conocido el planeta fútbol.
Fue Salvatore Schillaci, tal vez, un “One-Hit Wonder”, jugador de un solo año, o, mejor dicho, de una sola competición; pero el impacto fue tal que se convirtió en un mito que perdurará para siempre. Hay quien dice que esa etiqueta de “One-Hit Wonder” es muy exagerada, que menosprecia al jugador y que su carrera fue mucho más prolija; pero fue el mismo ‘Totó’ quien afirmó que “Mi carrera duró realmente tres semanas, pero no las cambiaría por nada en el mundo”. El sueño de esas tres semanas para él fue tal que cuentan que lo vivió con stress, con el miedo de que aquello no fuera real, que no dormía bien por la angustia de despertarse a la mañana siguiente pensando que todo había sido un sueño.
No anotaba por calidad, no tenía una técnica depuradísima, muchos goles eran marcados ‘a trompicones’ o ‘de rebote’… pero siempre estaba ahí, atento a cualquier ocasión o balón que pudiese quedar suelto en el área. Y sus míticas celebraciones, con esos ojos desorbitados, que parecían querer salirse de la cara, quedarán siempre para la historia del fútbol.

Tras ser ‘descartado’ por la Juventus en el verano de 1992 y dos temporadas muy irregulares en el Inter de Milán (apenas 11 goles en Serie A en dos temporadas), finalizó su carrera futbolística en Japón donde se convirtió en un auténtico ídolo, tanto deportivo como incluso mediático: llegado al país nipón en el verano de 1994, al Júbilo Iwata, apenas un año después de la creación de la J-League, se convirtió en el primer italiano y uno de los primeros europeos en jugar aquella competición y puede ser considerado la avanzadilla o la ‘puerta de entrada’ de otros muchos europeos que probarían la floreciente aventura japonesa en los siguientes años. En una cultura como la japonesa, tan obsesionada con el trabajo ‘a destajo’ y dejar en él hasta la última gota de sudor, tuvo un gran impacto que ‘Totó’, un campeón del mundo, al margen de su capacidad goleadora, presionase y luchase en el terreno de juego como si no hubiese un mañana.
Anotó en Japón más de 60 goles en menos de 100 partidos (las cifras difieren según las fuentes consultadas), manteniendo un promedio en torno a los 0,7 goles por partido en los tres años que estuvo enrolado en la J-League.
De vuelta a Italia de su aventura japonesa y ya retirado del fútbol, fue (esporádico) actor de cine y participó en varios realitys, lo cual contribuyó a incrementar, aún más si cabe, su popularidad en su país.
En conclusión, fue un personaje tremendamente querido en Italia y, por ello, su temprano y duro fallecimiento, apenas con 59 años y tras luchar dos años contra un agresivo cáncer de colon, supusieron un impacto emocional muy grande en su país; su multitudinario funeral en la catedral de Palermo, su ciudad natal, dio fe de ello.
NOTA del AUTOR: Escrito para @VAVELesp, Previa Mundial 2026: ‘Totò’ Schillaci 1990; en estado de gracia – VAVEL España