Parece haber pocas dudas de que Johan Cruyff es uno de los mejores jugadores de la historia del fútbol; de hecho, hasta la aparición de Leo Messi, la mayoría le consideraba como ‘uno de los cuatro grandes’ junto con Pelé, Maradona y Di Stéfano y fue reconocido por la IFFHS (Federación Internacional de Historia y Estadística de Fútbol) como el mejor jugador europeo del siglo XX.
Máxima figura y referente de aquel Ajax de Amsterdam que maravillase al mundo al inicio de la década de los 70, encadenando tres Copas de Europa consecutivas (1971, 1972 y 1973), Cruyff fue siempre un innovador; primero, como jugador y, posteriormente, como entrenador. Como jugador, al igual que ocurría con los Maradona, Pelé, Di Stéfano… resulta muy difícil establecer su posición. Teóricamente, partía como delantero, pero su innato talento y su capacidad para entender el juego, hacían que se moviese por todo el campo, cubriendo de forma casi sobrenatural las necesidades de su equipo: bajaba a recoger el balón de su propio portero para organizar la salida de la jugada, distribuía, caía a bandas cuando era necesario, bajaba incluso a cubrir el juego de su lateral cuando éste subía y tenía una inherente llegada a gol. No fue un jugador excesivamente rápido, no tenía una extraordinaria velocidad punta… pero lo compensaba con creces con una calidad excelsa y, sobre todo, con ese cambio de ritmo, con ese cambio de marcha que convirtió en arte y en su sello personal: ese frenar, ese pararse en seco para después volver a arrancar, le hacía imposible de seguir para los defensas.
Pero ya no era solo su calidad como futbolista, era que disponía de una personalidad arrolladora con la que trataba (y, muchas veces, conseguía) de condicionar otras circunstancias del juego más allá de su estricto desempeño individual: quedará siempre para el recuerdo la imagen de Cruyff sobre el terreno de juego con el brazo y el dedo índice señalando, organizando el juego de sus compañeros, indicándoles dónde debían colocarse – ya desde sus tiempos de jugador se veía que sería un gran entrenador -; también aquella otra de pasear por el campo con el balón debajo del brazo derecho, cuando el juego estaba detenido, como si fuese el dueño absoluto del mismo, su intención de ‘influir’ en los árbitros o su tendencia de indicar a los equipos médicos cuándo debían entrar a atender a tal o cual jugador. En resumen, trataba de ser protagonista y controlar absolutamente TODAS las circunstancias del desarrollo de un encuentro de fútbol.

A nivel de clubes, su ‘época dorada’ se dividiría entre el Ajax de Ámsterdam y el FC Barcelona: con los holandeses, jugaría entre 1964, debutando con 17 años, y 1973, año en que fue traspasado al club catalán y donde militaría hasta 1978. Su fichaje por el Barcelona estuvo condicionado por varias circunstancias no necesariamente deportivas: tras ser el gran líder de ese Ajax que encadenase tres Copas de Europa consecutivas, los más poderosos clubes europeos andaban detrás del ‘Flaco’ y se llegó a decir que el Ajax tenía un acuerdo con el Real Madrid pero que el jugador se negó argumentando en una muestra más de su carácter que “Johan Cruyff jugaba donde quería y no donde le impusiesen”; además, le atraía volver a trabajar con Rinus Michels, su mentor en el Ajax y, por aquél entonces, entrenador del Barcelona y se marcó como reto conseguir la Liga española con el club culé, que llevaba 14 años sin ganarla (vista la operación desde el punto de vista club, el Barcelona también necesitaba de forma imperiosa romper esa racha y qué mejor forma de hacerlo que fichar al mejor jugador del momento). Levantada en España ese mismo verano de 1973 la prohibición de alinear jugadores extranjeros, Johan Cruyff fichaba por el Barcelona por un montante de 60 millones de pesetas, récord para la época y tras numerosas trabas burocráticas; de hecho, no llegó a debutar hasta la octava jornada.
Y su impacto fue inmediato: debutó con su nuevo club marcando dos goles, el Barça no volvió a perder un partido en toda esa Liga 1973/74, fue campeón de Liga y de Copa de España, alcanzando el equipo su cúspide con aquel histórico 0-5 en el Santiago Bernabéu. En Barcelona estaría cuatro temporadas más, pero ya no se lograrían más títulos.
Una vez abandona el Barcelona, Cruyff parece decidir un ‘retiro dorado’ marchando a Estados Unidos para jugar un año en Los Angeles Aztecs y dos más en los Washington Diplomats (incluyendo una curiosa cesión al Levante, equipo que militaba en la segunda división española y con el que apenas duró diez partidos). Y, cuando ya parecía retirado, en una nueva muestra de su rebeldía, decidió volver a su país natal para jugar dos temporadas en el Ajax y ¡¡una última en el Feyenoord, máximo rival de su equipo de toda la vida!!
A nivel de clubes, lograría, al margen de las 3 citadas Copas de Europa, 9 Eredivisie (8 con el Ajax y 1 con el Feyenoord, en el año de su retirada), 6 Copas de Holanda (5 con el Ajax y 1 con el Feyenoord, también en el año de su retirada), 1 Copa Intercontinental y una Supercopa de Europa (ambas con el Ajax), 1 Liga y una Copa de España con el FC Barcelona; mientras que, a título individual, entre otras distinciones, lograría 3 Balones de Oro (1971 y 1973 jugando en el Ajax y 1974, ya jugando en el Barcelona) y, circunstancia anecdótica, ser nombrado Mejor Jugador de la Eredivisie en la temporada 1983/84, año de su retirada definitiva.
Pero su trayectoria en la selección holandesa de fútbol no fue, ni mucho menos, lo exitosa que fue la de clubes: por diversas circunstancias, un jugador de su trayectoria y de su clase, solo pudo jugar un Mundial: el de Alemania ’74. Durante los años de Cruyff en la élite, se disputarían 4 mundiales: para los de Inglaterra ’66 y México ’70, la selección holandesa no logró la clasificación, jugó el citado de 1974 y renunció personalmente a jugar el de Argentina ’78; especulaciones sobre las razones de esta decisión hubo muchas: desde motivos políticos (como que no estaba dispuesto a jugar en país sometido a una dictadura militar), deportivas (decía no encontrarse física y mentalmente en las condiciones que requería un evento de ese calado) o discrepancias con su federación. Sin embargo, según confesó años después, el verdadero motivo fue que pocos meses antes del torneo, él y su familia fueron asaltadas en su casa de Barcelona, el jugador necesitó custodia durante algún tiempo y no quiso separarse de su familia durante semanas.
En el Mundial de Alemania ’74 alcanzó su cénit a nivel de selecciones, tanto a nivel personal como de equipo. Holanda lideró su grupo de clasificación en la primera fase, tras vencer a Uruguay y Bulgaria y empatar a 0 con Suecia; volvió a liderar su grupo en la segunda fase con mano de hierro tras imponerse a Argentina, la RDA y Brasil, con un global de 8 goles a favor y 0 en contra. Y solo sucumbió ante la anfitriona, la RFA, en el partido final. Aquella final dejaría una jugada legendaria para la historia del fútbol y de los Mundiales: tras el saque inicial, ejecutado por Holanda, los de Cruyff tocaron el balón durante más de un minuto seguido sin que los alemanes lo oliesen y una internada, cómo no, del ‘Flaco’ finalizó con un penalti, que fue transformado por Johan Neeskens en el 1 a 0. Sin embargo, con el férreo marcaje de Berti Vogts sobre Cruyff como arma principal, los alemanes lograrían dar la vuelta al marcador para imponerse por 2 a 1 (con goles de Paul Breitner y Gerd ‘Torpedo’ Muller) para conseguir así el que entonces era su segundo Mundial, tras el de Suiza ’54. Holanda perdió aquella final, cierto es, pero Cruyff fue nombrado ‘Mejor jugador del Mundial’ y todo el planeta-fútbol coincidió en que “el mejor equipo había sido Holanda”; de hecho, allí nacería el mito y el nombre de ‘La Naranja Mecánica’ para referirse a la selección oranje; en referencia a la película de Stanley Kubrik y al color de su camiseta, esta denominación perduró hasta 1978, año en el que perderían otra vez la final del Mundial y también ante el anfitrión, pero ya sin su máximo referente. Entre medias, Cruyff también disputaría con Holanda su única Eurocopa, Yugoslavia ’76, la que solo disputó un partido: por aquel entonces, solo jugaban 4 equipos la fase final y los holandeses perderían su semifinal por 3 a 1 frente a Checoslovaquia; una tarjeta amarilla en aquella semifinal impediría a Cruyff jugar el partido por el tercer y cuarto puesto, dejando en anecdótica su participación en aquel evento. En resumen, apenas 7 partidos en Mundiales y 1 en Eurocopas parecen un bagaje muy pobre a nivel de selecciones para uno de los mejores jugadores de fútbol que ha dado la historia.

En resumen, Johan Cruyff fue un genio, un precursor, un mito, un referente que sigue perdurando décadas después de su retirada e, incluso, años después de su muerte (se acaba de cumplir una década de su fallecimiento); pero, a nivel de selecciones, ‘un rey sin corona’.
NOTA del AUTOR: Escrito para @VAVEL_esp, Previa Mundial 2026: Johan Cruyff, un rey sin corona – VAVEL España