Enzo Bearzot, con su inseparable pipa (Foto: storiedicalcio.altervista.org)

Enzo Bearzot, un seleccionador a muerte con los suyos

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Nacido en Aiello del Friuli el 26 de septiembre de 1927, Enzo Bearzot fue un jugador que se desempeñaba como defensa central o centrocampista defensivo y que militó en equipos como Inter de Milan, Catania o Torino, equipo donde se retiraría en la década de los 50 y la primera mitad de los 60. Tras colgar las botas, inició su carrera como entrenador, una carrera que alberga algún detalle curioso como el hecho de que apenas tenía bagaje como técnico (preparador de porteros y entrenador asistente en el Torino y una única experiencia de un año como entrenador principal en el Prato, en Serie C) cuando pasó a engrosar la nómina de la Federación de Fútbol Italiana, donde desarrollaría la mayor parte de su carrera: responsable de la selección italiana sub-23 entre 1969 y 1975 y, en paralelo, ayudante de Ferruccio Valcareggi y de Fulvio Bernardini – asistió al primero durante el Mundial de Alemania 1974 -, asumió el cargo de primer entrenador de la azzurra en 1975, puesto que ostentaría hasta 1986, siendo el seleccionador italiano con más partidos dirigidos, con un total de 104.

Sus comienzos como comisario técnico – nombre dado en Italia al seleccionador – fueron ilusionantes, pero no espectaculares: un cuarto puesto en el Mundial de Argentina 78, tras caer ante Brasil en el partido por el tercer puesto – en aquel Mundial no hubo semifinales ‘al uso’ sino dos grupos de segunda fase de clasificación que determinaron los finalistas y los contendientes de la ‘final de consolación’ – y otro cuarto puesto en la Eurocopa de 1980. Este cuarto puesto fue especialmente doloroso, primero, porque se disputaba en casa, pero, sobre todo, por la dramática forma en la que Italia perdió la opción de llegar a la final, primero, y la tercera plaza, después: al igual que en Argentina 78, sin semifinales ‘al uso’, Italia fue segunda en un grupo que ganaría Bélgica por mayor número de goles marcados (3 por tan solo uno los italianos) tras un empate a 4 puntos; y el partido por el tercer y cuarto puesto, enfrentó a la azzurra con Checoslovaquia, con victoria para estos últimos en los penaltis, tras un fallo de Fulvio Collovati, en el 18º lanzamiento, tras 17 penas máximas lanzadas sin error.

Pero la consagración de Bearzot llegó con el Mundial 82 y pese a que los comienzos no fueron nada halagüeños. En la primera fase, Italia tuvo un pobrísimo desempeño en un grupo teóricamente asequible con Polonia, Camerún y Perú: tres empates, apenas dos goles, clasificación a la segunda fase por mayor número de goles marcados y las críticas arreciaron en el país transalpino. Este pobre desempeño hizo que Italia se viese encuadrada en la segunda fase en un grupo con otros dos campeones del mundo, las todopoderosas Brasil y Argentina. Pero, por estas cosas que hacen del fútbol un espectáculo tan maravilloso, el cambio fue radical e Italia se impuso en ese grupo, clasificándose para semifinales, al vencer por 2 a 1 a Argentina y por 3 a 2 a Brasil en uno de los mejores partidos que ha dejado la historia de los Mundiales.

Enzo Bearzot, alzando la Copa Mundial de la FIFA de 1982 (Foto: futbolsapiens.com)

A partir de ahí los Bearzot cogieron ‘velocidad de crucero’ y derrotaron a Polonia en la semifinal por 2 goles a 0 y a la extinta República Federal de Alemania en la final por 3 goles a 1.

Al margen de sus planteamientos tácticos, tal vez la gran clave del éxito de Bearzot residió en la especialísima conexión que logró establecer con sus jugadores: sus jugadores sentían veneración por él y él apoyaba ‘a muerte’ a sus jugadores. Y, como muestra, dos anécdotas… Paolo Rossi llevaba casi dos años sin jugar tras ser sancionado por el famoso escándalo ‘Totonero’ (acusaciones de amaño de partidos) y reapareció apenas unas semanas antes del Mundial; no obstante, por fidelidad al grupo de jugadores en los que él creía y con los que venía trabajando, Bearzot decidió llevarlo al Mundial, haciendo oídos sordos a las críticas que llegaron desde todos los rincones de Italia. El resultado: tras una primera fase nefasta de Rossi, como la de toda la selección, el ariete marcó los tres goles de la victoria ante Brasil, los dos goles de la semifinal ante Polonia y uno de los goles de la final ante la RFA; 6 goles, Bota de Oro del Mundial y héroe nacional.

Paolo Rossi, Bota de Oro del Mundial 82 (Foto: elmundo.es)

Y la segunda anécdota que habla de esta unión con sus jugadores es que, tras la decepcionante primera fase y las despiadadas críticas, el técnico decidió recluir a sus jugadores en una localidad del norte de España e imponer un silenzio stampa: nada de hablar con la prensa. “El Quijote del 82: el hombre solo contra todos, contra las polémicas, las críticas, orgulloso de defender al grupo”, apunta sobre él Antonio Cabrini. El resultado: Bearzot trató de convencer a sus jugadores de que podían ganar ese Mundial; y a fe que lo consiguió visto el radical viraje del equipo de la primera fase a la segunda fase, semifinales y final.

Y, si nos referimos al plano técnico y táctico, no fue Bearzot nunca un técnico dogmático ni con corsés en forma de esquemas: si bien es cierto que tenía algún detalle ‘innegociable’, la figura del líbero encarnada en el mítico Gaetano Scirea, un jugador de una elegancia infinita, es un claro ejemplo; gustaba de analizar al rival al que se iba a enfrentar y, en base a eso, diseñar el planteamiento de su equipo: buena muestra de esto son los marcajes ad hoc que encargó a Claudio Gentile, su particular ‘perro de presa’ sobre Maradona y Zico en los partidos de la segunda fase del Mundial ante Argentina y Brasil, respectivamente.

Un 4-3-3 “perfectamente” asimétrico – incluso un 5-3-2 por partidos y por momentos de partidos -: los citados Scirea y Gentile, Collovati como central puro y Cabrini como lateral de más largo recorrido; en mediocampo, destacaban el pulmón de Oriali y el gran mago, Giancarlo Antognoni, toda una vida en la Fiorentina y lesionado para la gran final; y delante, el ‘killer’ Paolo Rossi, ese gran trabajador y complemento que era Graziani y ese otro auténtico mago, venerado por muchos, que era Bruno Conti, del cual se llegó a decir, Rossi mediante, que fue el mejor jugador de aquel torneo.

Con estos ingredientes, hizo Bearzot una Italia majestuosa, una Italia que huía ligeramente de ese catenaccio tan propio del fútbol italiano de aquellos años para empezar a apuntar un fútbol más moderno.

Sus últimos años al frente de la azzurra fueron bastante decepcionantes: no logró clasificarse para la Eurocopa de Francia’ 84 (por aquel entonces, únicamente 8 equipos disputaban la fase final) y no pasó de los octavos de final del Mundial de México’ 86, tras caer ante Francia; tras este evento, Bearzot abandonaría definitivamente el banquillo de la selección italiana.

Queden como últimas anécdotas de un personaje irrepetible su inseparable pipa, de la que no se separaba ni en los banquillos ni en las entrevistas y que hoy es exhibida en un museo, como si de un trofeo se tratase; que fallecería el 21 de diciembre de 2010, curiosamente, el mismo día que había fallecido, 42 años antes, Vittorio Pozzo, único seleccionador de la historia en ganar dos Mundiales (Italia 34 y Francia 38) y su camaradería con Sandro Pertini, por aquel entonces presidente de la república italiana. Míticas son las fotos de ambos abrazados en el palco del Santiago Bernabéu en presencia de D. Juan Carlos I, tras ganar el Mundial España ’82 y aquella otra junto con Dino Zoff y Franco Causio jugando a las cartas en el avión de vuelta a Italia.

Foto: wikipedia.org

NOTA del AUTOR: Escrito para @VAVELesp, Previa Mundial 2026: Enzo Bearzot 1982, un seleccionador a muerte con los suyos – VAVEL España

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